La noticia publicada en distintos medios de comunicación el día 15 de enero, que señala que Piñera encarga a Chadwick la coordinación de las propuestas de Chile Vamos para cambiar la Constitución, tiene, independiente de que prospere o no, un valor en sí mismo que debe ser analizado. Hace rato la estrategia presidencial no puede ser leída como una imposibilidad de escucha por parte de la autoridad o como un desfase constante respecto de las demandas sociales. Más bien se trata de una estrategia política que ha sido persistente y que presenta tintes psicológicos nefastos y ominosos. La estrategia implica un paso más allá de la inefectiva, falaz y delirante idea del “poderoso enemigo externo”.

Se trata de un gesto ligado a lo que en psicoanálisis se entiende como posición perversa. Esta posición se sostiene en dos aspectos fundamentales: la desmentida de la realidad y quizás, como efecto de esto, la imposibilidad del establecimiento de un lazo social – fundado en una confianza básica y en un reconocimiento y respeto por el otro. La renegación o desmentida consiste en aquel mecanismo psíquico que opera reconociendo un hecho de la realidad, pero, a su vez y de forma simultanea desconociéndolo, creando una realidad a partir de la coexistencia de dichos opuestos.

Aquel que está en una posición perversa, se encuentra permanentemente franqueando o transgrediendo un cierto límite, pero a su vez, se las arregla para que dicha transgresión no pueda ser juzgada. Es decir, su accionar siempre se encuentra en la oscuridad de los límites que toda legislación establece. Así, quien se sitúa en ese lugar, deja al otro en una posición de angustia, de perplejidad, sin palabras y con una dificultad importante para poder reaccionar frente a situaciones ominosas o aberrantes. Puede ser que con el tiempo un gesto realizado desde esta posición, si no es sancionado, tienda a naturalizarse o a banalizarse. Lógica del abuso y el silenciamiento.

Sebastián Piñera hace un gesto perverso de desconocer el juicio ético-político que responsabilizó a Chadwick por no haber adoptado medidas, estando en posición de hacerlo, respecto de la sistemática violación a los DD.HH. No se trata sólo de una torpeza, no es una piñericosa más.  Su decisión no está motivada sólo por privilegios, por la relación sanguínea con el destituido ministro, tampoco se soporta por el argumento de la experiencia y conocimiento constitucional de Chadwick (símbolo de la derecha que no quiere desprenderse del legado dictatorial pinochetista). Se trata de una posición perversa que hace un manejo fino y sutil de la estrategia. No es un hecho ingenuo.

En el llamado del presidente a su primo, se desprenden varias cosas: En primer lugar, se vulnera un elemento jurídico básico: nadie debe estar por sobre la ley, sin embargo, el presidente y Chadwick están en posición, y lo hacen ver, de franquearla y burlarla. En segundo lugar, desconoce el dolor de miles de chilenos afectados por la violación a los DDHH que deben presenciar el pervertido “retorno” a la actividad política de un oscuro personaje juzgado por sus pares y por la ciudadanía. Es un gesto que tiene que ser visible, enrostrado.

Los efectos traumáticos de la violencia muchas veces exceden el hecho violento en sí, constituyendo la fuerza de lo traumático, el posterior reconocimiento o no y el juicio efectivo o no del hecho que traumatiza. Este llamado del presidente va en contra de cualquier intento por restituir la justicia social o de reparación de las víctimas de la represión policial.

Más allá de juzgar la intencionalidad del presidente, su acción tiene tintes de renegación, de abuso, y principalmente de violencia explícita contra cualquier iniciativa que busque restituir un lazo basado en la paz y la confianza en el otro. La desmentida de la autoridad política es abiertamente dañina para una población que intenta enfrentar los efectos imponderables de la violación sistemática a los derechos humanos.

¿Por qué no leer este hecho político como una estrategia que intenta, por un lado, dar cuenta de un poderío absoluto que la legislación le asigna al presidente y que, por otro lado, constituye un llamado explícito a la reacción violenta de la población? Llamado de un Otro que no está dispuesto a perder. ¿Cuál sería el límite ético que la ciudadanía puede tolerar ante una estrategia política direccionada a alimentar implícita o explícitamente la ira de la población?

Esta autoridad totalitaria da cada cierto tiempo muestras de su poder a través de la transgresión y la provocación, mostraciones que deben ir en contra del sentido común y de la expresión popular y mayoritaria, cuestión cada vez más compleja e insoportable ante el apoyo de una ciudadanía que se acerca rápidamente a cero. La respuesta de la población a esta violencia no se detendrá si ese gesto aumenta cada vez más su apuesta.

En el proceso constituyente actual – proceso gatillado desde la calle- el discurso de la derecha insistirá, en el “no hay garantías” (develando la contradicción de sostener una constitución hecha en dictadura), sacando réditos cada vez que un manifestante destruye algo. Sin embargo, si esa destrucción no sucediera, debe ser producida a través de la violencia de una autoridad que desconoce los efectos jurídicos y simbólicos del juicio político. Así esta violencia presidencial y de la derecha dispuesta a avalar la nueva invocación a Chadwick, siembra una vez más efectos de violencia que serán juzgados y remediados por una ley “anti” que venga a resguardar la falazmente denominada “paz social”.

Una estrategia política de resistencia ante un discurso de la desmentida, el abuso y el horror tiene que apuntar a restituir aquello que causa la violencia y que en primera instancia emana de una autoridad totalitaria. En este sentido, es fundamental la lectura de los matices que va adquiriendo la estrategia política de una derecha política que pasó de enjuiciar el vandalismo juvenil a “comprender” las demandas legítimas de la población para, finalmente, mostrar su cara más sincera de terror ante cualquier cambio constitucional argumentando la desestabilización y el caos social.

No es fácil posicionarse ante una autoridad que desmiente una y otra vez la realidad, para esto debe rechazarse enérgicamente la modalidad de pacto que propone esta posición perversa y que hoy es favorecida por las imágenes construidas de destrucción. La renegación y la desmentida establecen un límite ético que ningún estado que se jacte de “democrático” puede tolerar.

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Nelson Espinosa B.

Miembro Grupo Psicoanalítico PLUS.